Gozar Leyendo # 58: La eternidad de un día

Mayo-2017-primera quincena

Apuntes, d.j.a.

La eternidad de un día (Acantilado).-

Francisco Uzcanga Meinecke, hoy en día profesor de la Universidad de Ulm, seleccionó, tradujo, prologó y anotó este libro cuyo título completo es La eternidad de un día. Clásicos del periodismo literario alemán (1823-1934). A estas alturas, no falta quién vea una contradicción en los términos de la expresión ‘periodismo literario’. Más allá de este fundamentalismo (propio de los excluidos en las antologías), puede entenderse como la denominación de una familia que abarca varios géneros, como la crónica tan actual y tan excelente que ahora se produce en América hispana. Próximo a ella está lo que se ha conocido tradicionalmente en Alemania como ‘folletín’, en su origen un suplemento de los periódicos, luego un sistema que dio nombre a la publicación de novelas por entregas y, en ese país, un “artículo literario escrito para la prensa, un género que irá desarrollando unas características propias y llegará a alcanzar rango de honor en la historia de la literatura escrita en este idioma”, según lo cuenta el profesor Uzcanga.

Ni ahora ni entonces, ni en español hoy ni alemán ayer, han faltado los que niegan todo carácter literario al periodismo: para ellos hay en esta antología un magnífico artículo de Joseph Roth, “La irrupción de los periodistas en la posteridad”, donde comienza reclamando que “cuando los periodistas alemanes escriben un libro, casi tienen que excusarse. ¿Cómo se les ha ocurrido? ¿Es que el género de las efímeras pretende obtener el rango de insectos superiores? ¿Aspiran los que pertenecen a lo fugaz y pasajero ingresar en la eternidad?”. Y luego precisa sin ambages: “un periodista puede ser, debe ser un ‘escritor del siglo’. La verdadera actualidad no se limita a veinticuatro horas; concierne a la época, no al día”; para concluir, son palabras de Joseph Roth, que “el reportaje no necesita hoy en día ser elevado a la categoría de ‘género artístico’; posee ya forma artística”.

El folletín prolifera durante más de un siglo en la prensa alemana, principal, pero no únicamente en Berlín y en Viena. Aunque advierte que el folletín tiene una “naturaleza difusa, cambiante, fronteriza, reacia a someterse a un rígido encorsetamiento”, Uzcanga resume así “sus rasgos distintivos: estilo ligero y coloquial, gusto por el juego de palabras y la ocurrencia, mezcla de lo concreto y lo difuso, de mundanidad y trascendencia, marcado subjetivismo, libre divagación, búsqueda de la complicidad del lector, aptitud para tocar su fibra nostálgica y localista –a semejanza del costumbrismo en España–, y a su vez para enfrentarle con los temas más actuales y candentes, sin rehuir asuntos espinosos como las disputas políticas y los conflictos sociales”. Algunos folletinistas se atrevieron a definirlo, como Daniel Spitzer que dijo que el folletín es “un artículo que figura en el diario sin formar parte de él”.

Para Victor Auburtin, uno de los más notables autores del género, “un folletinista es alguien que se ocupa de muchas cosas –no sólo de una–, que escribe o habla con brevedad y que escribe o habla en un alemán inteligible. Todo esto es muy sospechoso para los alemanes, y de ahí que lo califiquen con la malsonante palabra extranjera ‘folletinismo’, que, por cierto, ni tan siquiera alcanza el rango de palabra, ya que es harto inusual entre los mismos franceses. Expresar un asunto serio de forma amena y elegante: esto es lo que se conoce como folletinismo, algo que tanto el escritor como el político con ambiciones han de evitar antes de nada y por cualquier medio”.

“Hermann Bahr llega a declarar a finales del siglo XIX que el folletín es la forma literaria más apta para captar ‘la verdad del mundo moderno’”; pero aun con el entusiasmo de los lectores y de muchos de sus autores, algunos otros, autores de folletines excelentes, también se aprovecharon del género para atacarlo, como Alfred Polgar, que despotricó extensamente de él: “esto es lo inherente al folletín vienés: la vacuidad, la faz insípida semioculta tras ricitos lindamente ensortijados. Por todas partes ternura, indulgencia, afabilidad. (…) Del folletín vienés sólo se puede hablar con diminutivos. No tiene pies ni cabeza, sólo piececitos y cabecitas; no camina, da brincos; no canta, trina; no ríe, más bien sonríe; no es gracioso, es grácil; no reflexiona, discurre; no habla, charla. (…) Uno termina de leerlo y no siente nada (…). Es éste la fórmula del folletín vienés; primero el lenguaje y luego el pensamiento. Lo principal es la palabrería; lo secundario el ‘acerca de qué’ (…) De carácter pusilánime, su afición favorita es la caricia. (…) Nada es tan alto, grande, lejano, poderoso, antiguo o trágico que no pueda ser convertido por el folletín vienés en un puré de chismes, en alimento literario para desdentados”.

Polgar, con lo brillante, se equivocaba; podía haber algo de eso, pero esta antología le lleva la contraria. Nada de grácil o de farandulero, nada complaciente, lo contrario, tiene, por ejemplo, “Se abren los albergues contra el frío”, un conmovedor y durísimo texto de Else Feldmann. “Sala de baile o matadero” de Ernst Bloch lo confirma, para no citar “Escríbelo Kisch”, donde Egon Erwin Kisch relata una batalla entre alemanes y serbios en la guerra de 1914. Su batallón es atacado cuando cruzan un río. Algunos se meten en unas barcazas, pero no todos caben. Kisch intenta subir a una y sus propios compañeros lo rechazan: “de descolgarme a mí de la borda se ocupa un chico cuyo rostro no olvidaré jamás. (…) Se arrodilla y comienza a desasir mis manos de la borda; indiferente, como si pelara cacahuates. Consigue abrir mi mano derecha y se ocupa luego de la izquierda, pero al instante me vuelvo a agarrar fuerte con la derecha. Así no funciona. Medita un momento y echa la gorra hacia atrás, luego coge con la mano mi meñique izquierdo y trata de quebrarlo. No me mantengo callado durante la operación. Primero imploro, después le juro agradecimiento eterno, apelo a su camaradería, le aseguro que el barco no va a naufragar por mi culpa. Él apenas reacciona. Ya tiene en su poder el meñique de mi mano izquierda. ‘¡Cerdo cobarde! –le chillo–. Sé quién eres. Cuando suba te denuncio por asesinato’. Él sigue impertérrito. Yo he conseguido liberar mi meñique, él levanta el pie para pisarme la mano, pero la borda es demasiado alta. Sólo me alcanza la punta de los dedos. Los del barco están indignados de que me resista a morir ahogado. ‘Ayudadme a tirar a éste al agua’, grita el rubio. No quiero morir siendo un estorbo, así que me suelto y me dejo caer. No alcanzo a hacer pie, el agua es demasiado profunda. Tampoco puedo nadar. A cada brazada el fusil se desplaza hacia arriba y me golpea la nuca. No consigo sacarme la correa por encima de la cabeza para desprenderme de él. Doy patadas al agua, pero las pesadas botas de goma me empujan hacia el fondo. Mientras tanto el pontón ha virado y empieza a avanzar. Está en una zona tan profunda que ya no tiene que temer un nuevo abordaje. Casi me pasa por encima. Con un último esfuerzo me levanto de golpe y me sujeto a la popa. Aprieto la cara contra la borda, no quiero que nadie me vea, y menos el de los ojos azules y grandes como platos…”.

El final del folletín, tras más de un siglo, vino con la censura impuesta por los nazis contra ese género comunista y judío “exponente del arte degenerado y de la literatura de alcantarilla”.

Entre los autores más notables incluidos en esta antología están los dos grandes novelistas del siglo XIX alemán, Theodor Fontane y Adalbert Stifter, poetas como Heinrich Heine y Gottfried Benn, premios Nobel como Hermann Hesse y Thomas Mann (y, de su familia, su hermano Heinrich y su hijo Klaus), sin contar nombres capitales de la literatura en alemán del siglo XX, como Karl Kraus, Alfred Döblin, Joseph Roth, Walter Benjamin, Robert Musil, Rosa Luxemburgo, Ernst Bloch, Stefan Zweig y Max Frisch. Están, además, autores desconocidos pero que fueron auténticos artistas del periodismo literario en alemán, como Hermann Bahr, Egon Kisch, Peter Altenberg, Alfred Polgar, Ernst Ludwig Kosak (quien introdujo el término ‘folletín’ al alemán).

El mundo del espectáculo es terreno abonado para el folletín. En esta antología se destacan dos crónicas sobre bailarinas, una de Ludwig Speidel, deliciosamente fetichista, sobre un vaciado en yeso de “El pie de Fanny Elßler”, una célebre bailarina alemana, hija del secretario de Haydn; la otra es una entrevista de Hermann Bahr a “Isadora Duncan”, de donde cito: “la danza es para los griegos un intento de liberarse de la estrechez y pesadumbre de la existencia humana, un ‘estar fuera de sí’ y experimentar arrobamientos y estados extáticos –o como queramos llamarlos– que provocan la exaltación del espíritu. Los griegos creían que sólo en momentos así el ser humano vive de verdad, y tanto la religión como el arte era para ellos un medio para alcanzar el éxtasis. Se puede llegar a él mediante el padecimiento físico, como es el caso de los derviches, que no paran de girar hasta que, en pleno paroxismo, el cuerpo se paraliza, se entumece y acaba finalmente por extinguirse, desencadenándose así la iluminación, la visión interior”.

Impagable, también, es la crónica de un concierto de Paganini en el Teatro La Comedia de Hamburgo, escrita nada menos que por Heinrich Heine. Cuando Paganini aparece en el escenario, al principio, antes de comenzar a tocar: “el frac y el chaleco negro, de una hechura tan horrenda que se diría prescrita por la etiqueta infernal de la corte de Proserpina. Los pantalones negros aleteaban temerosos en torno a las flacas piernas. Los brazos caídos parecían alargarse aún más con el violín en una mano y el arco en la otra, y casi tocaban el suelo cuando su dueño ejecutaba ante el público sus insólitas reverencias. Las torpes contorsiones de su cuerpo eran de una rigidez espeluznante, pero en ellas había cierta comicidad animal que nos habrían provocado unas extrañas ganas de reír si no fuera porque su semblante, cuya cadavérica blancura se acentuaba con el reflejo de la deslumbrante luz del foso, mostraba una expresión tan sumisa, de tan estúpida súplica, que una incómoda compasión acababa reprimiendo nuestra risa. ¿Ha aprendido los saludos de un autómata o de un perro? ¿Es su mirada implorante la de un moribundo, o se esconde tras ella la burla de un mezquino sin escrúpulos? ¿Estamos ante un hombre a punto de morir y que, cual agonizante gladiador, se esmera por deleitar con sus últimos estertores al público de este coliseo de arte? ¿O es un muerto recién salido del sepulcro, un vampiro con violín dispuesto a chuparnos, si no la sangre de las venas, sí en cualquier caso el dinero de los bolsillos?”.

Lo anterior es antes de comenzar, pero ya tocando “en el centro de este espacio levitaba una esfera luminosa y, encima de ella, un hombre de gigantesca estatura y, excelso, soberbio, tocaba el violín. ¿Era esta esfera el sol? No lo sé. Pero en los rasgos del hombre reconocí a Paganini, con una sonrisa conciliadora, idealizado y hermoseado en etérea transfiguración. Su cuerpo rebosaba virilidad, un sayo celeste cubría sus nobles miembros y sobre sus hombros ondeaba en flamantes bucles su oscuro cabello. Ahí se alzaba encima de la esfera con el violín entre los brazos, firme y sólido, una deidad tan sublime que se diría que la creación entera se plegaba ante su música. Era el hombre-planeta en torno al que gira el universo, con mesurada solemnidad y beatífica cadencia. Las imponentes y serenas luces que brillaban a su alrededor, ¿no serían las estrellas del cielo?; y esa armonía sonora que emanaban sus movimientos, ¿no era el canto de las esferas, sobre el que tantas delicias refieren poetas y visionarios?”.

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“La franqueza es el origen de toda genialidad, y los hombres serían más lúcidos, más ingeniosos, si fueran más honestos. Y ya estamos en las instrucciones de uso prometidas al principio. Tomad unos folios y escribid ininterrumpidamente durante tres días, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se os pase por la cabeza. Escribid lo que pensáis de vosotros mismos, de vuestras mujeres, de la guerra con los turcos, del proceso criminal a Fonk [una causa criminal contra un comerciante acusado de asesinato en Colonia, 1822], del Juicio Final, de vuestros superiores; y una vez transcurridos esos tres días os quedaréis pasmados de la cantidad de ocurrencias inauditas que habéis tenido. En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original” (Ludwig Börne, “El arte de convertirse en un escritor original en tres días”).

“Cuando viajamos, no lo hacemos sólo para buscar la lejanía sino también para abandonar lo propio, el mundo doméstico, cotidiano y metódico, para disfrutar del no estar en casa y, por ello también, del no ser uno mismo” (Stefan Zweig, “Viajar o ‘ser viajado’”).

“Del lado francés cayeron cuatrocientos mil hombres; aproximadamente trescientos mil no han podido ser hallados, están desaparecidos, sepultados, perdidos… El terreno semeja un paisaje lunar en el que ha crecido la hierba, los campos apenas han sido cultivados, por todos lados hay agujeros y depresiones producto de los impactos. A lo largo de los caminos, fragmentos de hierro retorcido, refugios subterráneos en ruinas, hoyos en los que una vez se cobijaron personas. ¿Personas? Apenas lo eran ya” (Kurt Tucholsky, “Ante Verdún”).

“No odio a los hombres, pero si me quiere visitar, sea puntual y no se quede mucho tiempo” (Gottfried Benn).

“El cine no tiene nada que ver con el arte” (Thomas Mann).

“El arte es una esfera fría, dígase lo que se quiera; en un mundo intelectualizado y de una trasmisión de nivel superior, un mundo del estilo, del trazo personal, de la elaboración propia, un mundo objetivo, de raciocinio –‘porque surge del entendimiento’, dice Goethe–, significativo, distinguido, virtuoso y risueño; las conmociones que provoca son meramente tangenciales, se está en el corte, uno sabe cómo comportarse. Por el contrario, una pareja de amantes en la pantalla, un jardín auténtico con hierba que se mece al viento, dos bellos jóvenes que se despiden ‘para siempre’, una música de fondo, compilada con los sonidos más deleitosos que hayan podido encontrarse: ¿quién es capaz de resistirse a eso? ¿A quién no se le escapan unas lagrimillas de pura emoción? El cine es materia prima, no ha pasado por ningún cedazo, vive de primera mano, una mano cálida, amistosa, y afecta como la cebolla y la raíz de eléboro, la lágrima cosquillea en la oscuridad, con digna discreción acerco la punta del dedo y la disperso por el pómulo” (Thomas Mann).

“Lo dicho: no tengo patria, y naturalmente que no sufro por ello, más bien me alegro de mi condición apátrida, ya que me libera de un sentimentalismo inútil” (Ödön von Horváth).

“No derramo ninguna lágrima por el viejo Imperio austrohúngaro. Lo que está podrido debe desaparecer, y si yo estuviera podrido también desaparecería, y no creo que derramara por mí mismo ni una sola lágrima” (Ödön von Horváth).

“De lo que se trata es de combatir el nacionalismo por el bien de la humanidad” (Ödön von Horváth).

“Si encuentra usted en el futuro algo mío en algún periódico, rece un padrenuestro por mí, porque significará que estoy mal de dinero” (Robert Musil).

“El Prater es una de las siete maravillas del mundo, al menos para el vienés que vive en el extranjero y sufre un ataque de nostalgia. Las otras son: el sistema de aprovisionamiento hidráulico, los dulces de harina, los pollos fritos a la vienesa, el Danubio azul, los merenderos Heuriger y la música vienesa” (Robert Musil).

Declive (Literatura Mondadori) de Antonio García Ángel .-

El protagonista de esta novela es un enfermero que trabaja en un call center en el turno de la noche atendiendo decisiones médicas para una institución de medicina prepagada. Lo patético es que la frase anterior no sólo describe lo que hace, sino que también define lo que es este personaje sin pasado ni futuro, absorbido por un presente demandante, triste y rutinario. Y el comienzo de la narración es el mismo día en que amanece con los pies más grandes, cuatro o cinco tallas. Algo como amanecer convertido en un insecto. Y a lo largo de las ciento y pico de páginas, le pasan más cosas como esa: por ejemplo, una invasión de hormigas a su casa y… ¡a su cuerpo!: en cierto momento le salen hormigas por las orejas y la nariz. Antonio García Ángel (Cali, 1972) tiene el don del humor negro y la capacidad de hacer una novela entretenida con un personaje anodino y unas circunstancias que son sólo rutina.


Declive

Diccionadario

Las palabras son la más potente droga utilizada por la humanidad” (Rudyard Kipling).

Tomado de Diccionadario (Editorial Pre-Textos):
Bobispo: el sacerdote de los bobos.
Trotocolo: procedimiento para correr.
Sorprender: monja pirómana.
Bustituir: operación de cambio de senos.
Báquina: aparato para producir licor.

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“Felicitaciones a Darío Jaramillo y a Luna Libros. Muy inteligentes, amables y exquisitos los comentarios”. Frailejón Editores.

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Autor

Darío Jaramillo Agudelo

Darío Jaramillo Agudelo nació en Santa Rosa de Osos (Antioquia, Colombia) en 1947. Ha publicado los libros de poesía: Historias (1974), Tratado de retórica (1978), Poemas de amor (1986), Del ojo a la lengua (1995), Cantar por cantar (2001), Gatos (2005), Cuadernos de música (2008) y Sólo el azar (2011); las novelas: La muerte de Alec (1983), Cartas cruzadas (1995), El juego del alfiler (2002), Novela con fantasma (2004), La voz interior (2006), Memorias de un hombre feliz (2010) e Historia de Simona (2011); el libro en prosa Guía para viajeros (1991); el texto autobiográfico Historia de una pasión (2006) y el ensayo Poesía en la canción popular latinoamericana (2008).

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