Gozar Leyendo # 60: Ámsterdam

Junio-2017-primera quincena

Apuntes, d.j.a.

Ámsterdam. Historia de la ciudad más liberal del mundo (Katz) de Russell Shorto.-

Ámsterdam fue fundada cerca del año 1100 d. C. “cuando algunos centenares de agricultores, en el intento de frenar el avance del mar que anegaba las costas todos los años, se dispusieron a alzar una suerte de diques de barro en torno a esas tierras pantanosas y salvajes que habían elegido como hogar”. Esto significó que, al contrario de casi toda Europa, aquí no había señores dueños de la tierra y una gleba, sino lo contrario, una sociedad bastante igualitaria de dueños de minifundios, sin ningún señorío por encima. En 1345 ocurrió en Ámsterdam un milagro que fue reconocido por la iglesia y, explica Shorto, “en la Europa medieval, un milagro certificado tenía un efecto equivalente al de la fiebre del oro”; por consiguiente, “la ciudad fue creciendo en torno a ese milagro” que la había puesto en el mapa.

Setenta años después del milagro, en 1416, en los astilleros de Hoorn, lugar cercano a Ámsterdam, se diseñó un tipo de barco “de quilla larga y profunda”, apropiado para la pesca y la conservación del arenque. El auge de la industria arenquera significó el crecimiento de la ciudad hasta su identificación con ella. “Alrededor del año 1500 (…), cuando el Renacimiento alcanzaba su punto culminante, mientras Miguel Ángel comenzaba a trabajar en el David y Copérnico incursionaba seriamente en la astronomía, Ámsterdam era al mismo tiempo un bullicioso centro portuario y una de las ciudades más católicas de Europa”.

Sin embargo, cuando la represión contra Lutero y sus seguidores se iba convirtiendo en guerra y muerte, Ámsterdam dio un viraje inesperado. Hacia 1525 las autoridades locales recibieron una terminante orden del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico: “todos los imprenteros y editores que publiquen material deberán hacerlo inspeccionar y aprobar antes por los alcaldes y alguaciles”. Llegarían después más prescripciones, pero mientras en muchas ciudades del continente se prendieron las hogueras para quemar herejes, Ámsterdam “se destacaba por la impavidez con la que sus autoridades municipales, de la boca para afuera, aceptaban las órdenes superiores de castigar el disenso, mientras seguían tolerando una gran variedad de conductas atípicas en sus calles, incluso aquellas que desafiaban de manera directa la potestad de la iglesia y de la monarquía”. ¿Por qué esa diferencia? Shorto lo explica porque, primero, contrario a casi toda Europa, en esa zona no hubo feudalismo: “puesto que gran parte de su territorio había sido ganado al mar o a algún cenagal, ni la iglesia ni la nobleza podían reclamarlos como propios. Los Países Bajos eran obra de las comunidades que los habitaban (de ahí el famoso dicho holandés que reza ‘Dios creó la tierra, pero los holandeses crearon Holanda’)”. Entonces Shorto aventura que “no es casualidad que ese pueblo, en gran medida independiente de las estructuras sociales con las que ejercía su dominio el catolicismo, haya sido el más deseoso de escapar de él. Todo esto se acentuaba en el caso de Ámsterdam. Si sumamos la teología del pensamiento independiente [Erasmo de Rotterdam] y la ausencia histórica de feudalismo a la presencia vigorosa del comercio en una ciudad donde la gente gana dinero gracias a la existencia de lo diferente, el resultado será una cultura de la tolerancia (…) La política de mirar para otro lado, vigente en Ámsterdam durante el siglo XVI, tiene mucho en común con la idea actual de gedongen o tolerancia de las actividades ilegales. Un caso contemporáneo de aplicación de esta idea, que apunta hacia una profunda historia y una concepción multidimensional de la tolerancia, es el de los coffee shops donde se vende marihuana, cuyos dueños deben solicitar permisos y pagar impuestos como cualquier otro comerciante, aunque el producto que ofrecen sea técnicamente ilegal”.

Aquí se detiene Shorto para puntualizar que en otras partes del mundo la tolerancia es más bien una pose intelectual de “magnificencia filosófica” de ciertos intelectuales de la no muy izquierda y muchas señoras de ambos sexos que la consideran políticamente correcta, algo así como un comportamiento de gente bien educada que nos hace mejores (¡y superiores!) moralmente. En Ámsterdam, para sus policías y sus comerciantes, históricamente, la tolerancia es otra cosa. “No implica celebrar la diversidad. Más bien tiene que ver con soportarla y es un concepto nacido de la necesidad y del pragmatismo”.

A mediados del siglo XVI, la ciudad, como toda la región, está bajo la corona de Felipe II y, con la Contrarreforma, en plena inquisición: “la legislación impuesta por la Inquisición española sobre el pueblo neerlandés en materia de herejía era tan brutal que resultaba digna de sátira. La pena de muerte, por ejemplo, se aplicaba incluso cuando uno se arrepentía y volvía a la Iglesia católica. La única diferencia residía en el modo de aplicarla: mientras que los arrepentidos eran decapitados y las arrepentidas eran enterradas vivas o ahogadas, quienes se negaban a reconocer la maldad de sus acciones ardían en la hoguera”. A Guillermo de Orange, que expulsó a los españoles de los Países Bajos se le considera el fundador de la nación holandesa; su prédica era la “paz religiosa” fundada en la tolerancia, entendida a la holandesa, pragmáticamente, que nadie moleste a nadie. En el filo de los siglos XVI y XVII se fundó la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales –VOC, según la sigla original–: “a lo largo de su historia, la VOC envió más de un millón de europeos a Asia y acarreó más de 2,5 millones de toneladas de productos cuatro veces más que su competencia, la Compañía Inglesa de las Indias Orientales”. En otras palabras, “ninguna otra empresa en la historia ejerció semejante influencia en el mundo entero (…). Promovió avances en materia de cartografía e ingeniería naval. Expandió las enfermedades, la esclavitud y la explotación a una escala inimaginable hasta el momento”. La dinámica comercial originó que en Ámsterdam se iniciaran los contratos de corretaje, la venta de futuros y la compraventa de acciones.

“La ciudad moderna se edificó a fines del siglo XVII. En pocos años se dragaron diez kilómetros de canales (…), se prepararon casi veinte kilómetros de terrenos aptos para la construcción a los lados de esos canales (…), se construyeron unos cien puentes” y, lo más interesante, “los habitantes de Ámsterdam dejaron a los ricos y los pobres juntos, mezclados en los mismos barrios”. Una ciudad libre, tolerante, ideal, lugar de trabajo del, acaso, mejor pintor de la historia, Rembrandt; sede de más de cuarenta editoriales: y esto explica por qué Renato Descartes terminó viviendo allí, donde se editó el Discurso del método. Y ésta es la Ámsterdam de Descartes: “¿en qué lugar del mundo podría uno encontrar, tan fácil como aquí, todas las comodidades de la vida y todas las curiosidades que se pueden esperar? ¿En qué otro país se puede gozar de una libertad tan completa o dormir con menos inquietud, o encontrar ejércitos dispuestos a protegernos de inmediato, o saber menos de envenenamientos, traiciones y calumnias?”.

Fue en mitad de ese siglo dorado de la ciudad, en 1632, cuando nació Baruch Spinoza. No en vano tenía que ser Ámsterdam cuna del filósofo cuyo pensamiento resume Shorto en una frase: “la promoción de las libertades individuales”. Y en otra: “la religión de la razón”.

Lo que sigue, con el brutal paréntesis de la invasión nazi, es una ciudad basada en la tolerancia y “una tradición artística vinculada a la experiencia del ser humano como individuo y el deseo de indagar sobre la identidad”.

Termino mi reseña de este informado y delicioso libro transcribiendo un aviso en un coffee shop de Ámsterdam en 2008: “en cumplimiento de las nuevas leyes de los Países Bajos, hemos revocado el permiso de fumar tabaco en este bar. Para fumar cigarrillos de tabaco o de tabaco mezclado con marihuana, los clientes deberán salir del local. El consumo de cigarrillos de marihuana pura, así como de pipas o pipas de agua que no contengan tabaco, no requiere salir del local”.

Diccionadario

“En el lenguaje ordinario, las palabras sirven para nombrar las cosas; pero cuando el lenguaje es realmente poético, las cosas sirven siempre para nombrar las palabras”. Joubert

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):

Pampeonato: competencia en la pampa.
Enyesista: persona que experimenta con yeso.
Peludismo: enfermedad del cuero cabelludo.
Sacarosa: poner flores afuera.
Poetaje: sopa para poetas.

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